Monday, November 26, 2012

Manual


Abre diafragma...
Iso 1600...
Velocidad de obturación...


Vamos, que si no lo configuras todo bien, te quedas sin foto.



















Monday, November 12, 2012

Ojo al bedel

Javier Abad Ansorena, 
bedel


¿Cuántos años llevas trabajando en la universidad? 
"Llevo trabajando cuatro, desde octubre de 2008."

¿Empezaste siendo bedel? 
"Sí." 

¿En qué consiste tu trabajo?
"Básicamente el orden y la seguridad en el edificio. Recordaros que uséis la tarjeta y todo tipo de problemas. Siempre que pase algo, ahí tengo que estar para ayudaros."

¿Disfrutas tu trabajo? ¿Qué es lo mejor y lo peor de él? 
"Como todo el mundo a veces disfrutas y otras veces no tanto. Pero lo mejor es conocer a la gente y lo peor los horarios de tarde, que a veces se hacen pesados y luego los cambios -semana sí y semana no- de horarios. Son un poco caos."

¿Cómo compaginas el trabajar con estudiar? ¿Te resulta complicado? ¿Te trae problemas? 
"Pues se hace bastante duro ya que tengo muy poco tiempo y tengo que dedicarlo a las dos labores por igual. A veces sí me trae problemas ya que tengo miles de horas de prácticas, trabajos en grupo y no puedes contentar a todo el mundo y eso la gente no se da cuenta. Pero bueno se hace lo que se puede."

¿Crees que hay mucha gente como tú que trabaja y estudia a la vez? ¿Les darías algún consejo? 
"Supongo que habrá mucha gente, la verdad, porque formarse hoy en día está muy a la orden. Yo no soy nadie para dar consejos pero si algo puedo aportar es decir que se esfuercen y que, si de verdad les gusta lo que están estudiando, que luchen por ello."





Saturday, October 27, 2012

El lado bueno

Entrevista a Patricia Diego
Profesora de Producción de Ficción... y mi asesora (importante)





Entro en el despacho con una sonrisa.
-         Hola Patricia.
-         Hola – me responde sonriendo igualmente - A ver cómo hacemos esto...
Se ríe. Yo estoy algo nerviosa, pero consigo controlarme. Al fin y al cabo, ya he estado en este despacho antes y la persona que tengo delante de mí es muy agradable.
-         No te preocupes, son muy poquitas preguntas. No se me ocurrían demasiadas y, además, tenemos poco tiempo. ¿Quieres que te las lea primero?
-         Sí, por favor. Así puedo pensar un poco las respuestas.
Patricia se sienta detrás de su mesa. Yo desdoblo la hoja con las preguntas y se las voy leyendo una por una.



-         -¿Cuántos años llevas dando clase? – ella se queda pensativa, pero con un gesto de la cabeza me indica que siga leyéndolas. - ¿Empezaste aquí por algún motivo especial? ¿Siempre te interesó la producción o también algún otro ámbito? ¿Alguna vez te planteaste no ser profesora de universidad? ¿Cómo definirías un buen ambiente universitario? ¿Y cómo definirías un buen modo de dar clase?
Cuando termino, Patricia resopla.
-         Vale...
Sonrío. Le dejo un tiempo para que se piense las respuestas y, cuando está lista, me vuelvo una estudiante penosa de periodismo.
-         ¿Cuánto tiempo llevas dando clase en la universidad?
-         Pues llevo dando clase quince años
-         O sea, desde el... – empiezo a hacer cálculo mental.
-         Desde el noventa y siente – me dice ella – primero de ayudante y luego ya de doctora desde el 2004
-         ¿Y empezaste aquí por algún motivo especial?
-         Creo que te voy a responder a varias preguntas a la vez... Nunca me planteé en absoluto ser profesora de universidad – me dice riendo suavemente. – Cuando estaba en tercero me gustó mucho el ámbito de la producción y me metí de alumna interna en el departamento, me gustó mucho investigar sobre el tema y en cuarto curso el profesor Alex Pardo me propuso hacer una tesis sobre series de televisión. A mí me gusta mucho el tema de las series, más que cualquier otro ámbito quizá más académico como el cine. Y dije que sí, un poco inconscientemente porque no sabía lo que me esperaba. Así que hice la tesis... y hasta hoy. Me encantó. La tesis me llevó varios años, tuve que salir a la industria a investigar porque me di cuenta de que el proceso de producción era imposible estudiarlo sin vivirlo. Estuve investigando y luego vine aquí y terminé mi tesis. Pero te puedo asegurar que cuando estaba sentada en el aula nunca me planteé que iba a acabar dando clase en el mismo sitio en el que había estudiado. En mi vida. Porque aparte no soy de Pamplona y no me planteé nunca quedarme aquí.



-         Vaya... Pues... Creo que me has contestado a cuatro preguntas a la vez.
Nos reímos.
-         Y luego creo que me has preguntado cómo se da bien clase, ¿no?
-         Sí - asiento.
-         Bueno, lo más importante es saber mucho de lo que estás hablando. Investigar , conocer muy bien tu materia, tu temática, actualizar los ejemplos, tener tiempo para investigar y escribir artículos etcétera... Y eso es algo que el alumno lo percibe. Y luego ya entramos en otros temas como el ser ordenado. Hay gente que sabe mucho y no sabe explicar, por lo que es importante ser claro y ordenado. Yo no sé si lo consigo del todo, pero lo estamos trabajando.
Levanta las cejas y se ríe.



-         ¿Y cómo definirías un buen ambiente universitario?
Ladea la cabeza, estira las comisuras de la boca y se apoya en el respaldo de la silla.
-         Pues hombre... No sé...
Creo que es la primera pregunta cuya respuesta no tiene muy clara, así que intento ayudarla.
-         Por ejemplo, algún cambio que se haya sucedido desde que eras estudiante a ahora que eres profesora... Habrá habido muchísimo, digo yo, ¿no?
Patricia vuelve a incorporarse.
-         Bueno, por parte del alumno, saber que ya no está en un instituto o un colegio, ya no es ese ambiente de seguimiento absoluto, de dónde entra, dónde sale, qué estudia, qué hace... Es un ambiente más libre en el que el alumno asume realmente su responsabilidad; de estudio, de organización... Y esa libertad es muy buena para el alumno, porque eso le hace ser más consciente de su propia responsabilidad para con las cosas.
-         También es cierto – añado yo – que la universidad te da muchas posibilidades de, por ejemplo, asistir a seminarios ajenos a tu carrera, ir a charlas, apuntarte a grupos o certámenes...
-         Sí, te permite...
-         ¡Ah! – la interrumpo de repente.
-         ¿Qué pasa?
-         Se me ha parado la grabadora.
Miro asustada la pantalla del móvil esperando que se haya grabado gran parte de la conversación, y entonces la vuelvo a poner en marcha.
-         Perdón – me disculpo.
-         No pasa nada.
Me callo para que pueda seguir contestando la pregunta
-         Es cierto que la universidad, en ese aspecto, te permite crearte tu propio currículum, y cada alumno puede elegir cómo llenarlo, hay un mundo de posibilidades: optativas, libre elección, seminarios o con dobles grados.
-         Muy bien. Pues no sé, si quieres añadir alguna cosa más – la invito, sonriendo.
-         Pues no, nada más. Espero que luego esto lo cortes, hagas un corta y pega o lo edites y pongas lo más esencial, que he titubeado mucho.
-         No te preocupes.



-         ¿Y las fotos dónde quieres hacerlas? ¿Aquí mismo?
-         Sí, podemos hacerlas aquí.
Empiezo a sacar la cámara de la funda mientras Patricia se retoca el pelo.
-         Tú mira la luz y esas cosas...
-         Sí – digo mientras quitó la tapa al objetivo. – Lo bueno –o lo malo, depende- es que entra luz natural, entonces yo creo que en cuanto a eso no hay problema.
-         ¿Tienes cámara de estas buenas?
-         Sí, sí – le respondo con una sonrisa, y enseñando mi Nikon D3100.
Patricia la mira y luego me mira a mí.
-         Bueno, pues tú dime cómo quieres que me ponga.
-         Hacemos un poco de todo. Luego te las mando.
-         Sí, mándamelas – Patricia vuelve a tocarse el pelo.
Miro a través del visor.
-         No soy fotógrafa profesional, pero haré lo que pueda – bromeo.
-         Ni yo una modelo profesional – ella me sigue la broma.
Veo que sigue tocándose el pelo, sujetándoselo detrás de la oreja, y que gira la cabeza hacia ambos lados.
-         ¿Tienes algún lado bueno? – le pregunto.
Gira la cabeza hacia su derecha y me enseña el lado izquierdo.
-         Este – responde riendo. – Como Julio Iglesias
-         Todos tenemos “el lado bueno”. – Yo también me río.
Y saco la primera foto.



Thursday, October 11, 2012

Una de carne

         En mi casa, durante años, el arroz reinó de la mano del pescado. Siempre. Era como un régimen totalitario, y yo no conocía otras posibilidades. Mi madre cortaba la sepia, desmigaba el rape y abría la lata de mejillones sin peligro alguno. Pero, un día, mi padre me abrió los ojos: "También se pueden hacer las paellas de carne. A mí me gusta más". Fue como el sol que se asoma tras los nubarrones de una tormenta. "¡HAZ PAELLA DE CARNE AHORA!"

         Bien, vale, esto ocurrió hace años. Desde entonces, nos vamos alternando, ya que mi madre y mi hermano prefieren la paella de pescado y mi padre y yo la de carne. Y no sé si fue la fortuna, la suerte o alguna extraña alineación de planetas la que hizo que mi padre decidiera preparar paella de carne la semana pasada.



Ingredientes para cuatro personas:
- Arroz (unas dos tazas de café grandes)
- Muslos de pollo (uno o dos por cabeza, o más si sois unos gordos)
- Salchichas frescas
- Carne de cerdo (a ojo)
- Pimiento rojo, cebolla, zanahoria y guisantes (o basicamente las verduras con las que os de la gana condimentar el arroz)
- Aceite oliva virgen extra (¡Ah, no! Que esto no es la Cocina de Karlos Arguiñano. Podéis usar el aceite que os de la gana)
- Sal (mejor poca que es mala para el colesterol)




           Lo primero es poner a calentar el aceite en la cazuela más grande que tengáis, picar las verduras, cortar la carne y echarle sal a esta última. Después, cuando el aceite está ya caliente, freír primero los muslos de pollo, que es lo que más tarda, y después el cerdo y las salchichas. Cuando estén ya medio hechos, sacarlos a un plato con la ayuda de una espumadera para freír en el mismo aceite las verduras, a las que añades sal mientras se cocinan. Este truco hace que absorban el sabor de la carne en el aceite.










          Cuando las verduras estén listas, medir el arroz y echarlo a la cazuela. Después añadir dos o tres tazas de agua. Por raro que parezca, mi padre lo hace al revés de todo pronóstico. Bueno, yo solo sé hacer arroz normal y pongo primero el agua y luego el arroz, y quizás en todas las paellas se haga al revés. Ni idea.



         Después de esto, dejar la paella al fuego durante unos diez o quince minutos para que el agua hierva y el arroz se haga.





       Después, meter en el horno durante diez minutos a una potencia de 180º para que los ingredientes se doren y el arroz alcance su punto. Sacar y... ¡tachán! O mejor dicho, ¡a zampar!




Receta ofrecida por Pedro Huarte (a.k.a: mi padre)





Nora.


Monday, October 8, 2012

Va de grises


Mil fotos

Va de grises


            Sábado, 6 de octubre 2012

Suena el despertador, pero ni abro los ojos. No sé dónde está la cámara y me da igual porque lo que mis dedos buscan es el móvil. Está en la mesilla, junto a la caja de música. Creo que al tantear he tirado sin querer las pulseras que descansan sobre ella, pero, al menos, ya ha dejado de sonar el Gangnam Style que me despierta desde ayer.
Al cabo de un rato que se me hace cortísimo, vuelvo a escuchar a PSY. Y vuelvo a tantear pero en esta ocasión no me duermo, solo me quedo traspuesta. Eso sí, sigo sin abrir los ojos.
            Cuando ya considero que debería haber sonado la tercera alarma, abro un ojo y miró la hora del despertador que me deslumbra con su luz verde. Las 09:59. ¡De lujo! ¡Me he quedado dormida y hoy tenía prácticas de guión a las 10.00!
            Me levanto a todo correr con una visión que no es ni nítida y enfocada, y creo que todo lo que pasa por delante de mi objetivo es una persiana borrosa y varias fotos pegadas en la puerta de mi armario. En la silla naranja reposa la ropa de ayer y no me lo pienso dos veces antes de cogerla y vestirme a toda prisa porque, señoras y señores, ya debería estar en clase. El portátil y la carpeta reposan delante de mí mientras me ato los vaqueros, pero ni me molesto en cogerlos. ¡No hay tiempo!
            Me topo con mi puerta. Cada día parece menos una puerta y más un puesto de mercadillo. Llena de etiquetas, posters y fotos, todo ello tapado con fulares, pañuelos y bolsos que cuelgan del perchero que a su vez cuelga de la parte de arriba. Por eso la puerta pesa tanto cuando la abro. Me abalanzo escaleras abajo y pronto atisbo la puerta entrabierta del aseo que encierra toda la luminosidad del día. Entro y me contemplo a mí misma. ¡Madre mía, qué pena doy! Parte del maquillaje de ayer, ojeras y unos pelos de loca impresionantes. Como nunca me han gustado mis pestañas rubias, únicamente me doy un poco de rímel para no parecer un fantasma y, rogando que mis compañeros no se den cuenta de que mi cara parece el pelaje de un dálmata, salgo pitando hacia el garaje.
            Desde luego, menuda estancia más fea. Suelo gris, paredes grises, techo gris, estanterías grises... Es lo poco en lo que puedo fijarme mientras la puerta sube y me dirijo a mi pequeño huevo-móvil blanco.
            Y en ese momento comienza la carrera de Fórmula 1. Como los recreativos de coches, únicamente veo la carretera de Cizur y mis manos sobre el volante (gris también, manda narices). Línea continua casi todo el rato, pero gracias a Dios que no hay nadie en la carretera. La farmacia, la rotonda odiosa, la cuesta, el desvío a la Ikastola San Fermín, Santa Clara a la derecha, las vías del tren, el estudio ese raro de arquitectura, Todojardín, Donapea, la segunda rotonda odiosa, el puente; y ya enfilamos la carretera de la universidad con sus simpáticos árboles a ambos lados que sí, son muy bonitos y todo lo que quieras, pero si le preguntaras a mis copilotos te dirían que son armas mortales que pueden rebanarte los espejos retrovisores y contra los que puedes estamparte en cualquier momento.
            Ya subimos por la cuesta de la calle Esquíroz y giramos a la izquierda para entrar en el parking. Una curiosa perspectiva: volante en primer plano, la barrera roja y blanca, la pequeña cuesta, el antiguo edificio de derecho en, digamos, cuarto plano y, al fondo, el Perdón. Se levanta la barrera dejándome sin segundo plano y avanzó hasta aparcar en el primer sitio que veo libre. Echo el freno de mano, quito la llave del contacto, salgo del coche, lo cierro y echó a correr hacia el edificio de Fcom que, ¡sorpresa!, también es gris.
            Y toda la mañana va de grises, así, porque sí, porque el vestíbulo, las escaleras, las paredes, las mesas y las sillas de las aulas de desarrollo y mi chaqueta son grises.

            Después de tres horas devanándonos los sesos sobre el género de nuestra serie, regreso entre esa marea de gris de nuevo hasta mi coche. El parking hubiera sido un encuadre más bonito si hubiera habido más coches que le dotaran de vida y color. Pero como es sábado y la gente, en sábado, no viene a clase, no hay más que líneas blancas sobre el asfalto negro, unas cuantas erres, cinco o seis coches desperdigados y mi huevo-móvil.
            De nuevo otra vez todo el camino de vuelta a casa, pero esta vez sin prisas. Bueno, también con prisas, por algo soy fan de la Formula 1 y me llaman Schumacher. Venga, no, tampoco voy tan rápido.
            Subo de nuevo a mi cuarto, esperando encontrarlo iluminado y con el balcón abierto, pero está en penumbra y hecho un auténtico desastre. ¿Estaba así cuando me he marchado hace tres horas? Entonces recuerdo que mis padres se han ido para todo el día y que las cosas no se hacen solas. Así que sorteo toda la mierda que hay sobre la alfombra (por cierto, adivinad de qué color es la alfombra) hacia la ventana que está al fondo de mi cuarto, subo la persiana y abro el balcón. La luz y el aire sanean mi sancta sanctorum y yo me pierdo un instante en la vista desde mi balcón. Frente a mí, un edificio verde moco horrible medio escondido entre árboles, algunos aún con hojas y otros ya sin ellas. Delante, la famosa “fuente de los cococrilos”, que no tiene ni forma de fuente ni de cocodrilo. Básicamente en una pirámide alargada de piedra... ¡de color gris! No me voy a enrollar explicando por qué la llamamos “la fuente de los cocodrilos”, el caso es que está ahí. Y luego viene la carretera principal, la misma que recorro todos los días para ir a Pamplona, flanqueada por una barandilla negra a ambos lados. Y, por último, el parque infestado de niños que gritan, corretean, se columpian, se deslizan por los toboganes, padres que los contemplan o hablan con otros padres, rodeados de silletas. Y un gracioso dueño de un Volkswagen blanco acaba de aparcar delante de la puerta del garaje. ¡Dios mío, cómo me hierve la sangre cuando hacen eso!
           
            Dejo la cámara mientras hago la comida y me la como, y tampoco es muy interesante decir que durante cuatro horas lo único que mi objetivo encuadraba era la pantalla del portátil y las fotocopias de historia de las ideologías, así que hagamos una elipsis hasta el momento en el que me encuentro de copiloto en el Mercedes automático de mi amiga Pamu (también de color gris) subiendo la sinuosa y horrible carretera del San Cristóbal, entre baches y árboles, esquivando ciclistas suicidas, con una bolsa del McDonals sobre mis rodillas.
            Por fin llegamos a la cima. No hace demasiado frío, pero he de ponerme mi chaqueta gris. El cielo está nublado, pero la luz no es mala. Nos sentamos en el pequeño banco de piedra y contemplamos el paisaje mientras nos zampamos unas hamburguesas como un par de gordas. Desde ahí arriba se ve todo, desde la cárcel, cosa que le encanta a Pamu, hasta Santa Clara, pero, aunque el día es del mismo color que mi facultad, parece como si un velo marrón lo tiñese todo, como una neblina de arena. Es bonito ver todos los edificios desde esta distancia, con sus juegos de líneas, y curioso también. Hacía mucho que no subía al San Crisóbal, igual diez años, y, todo sea dicho, cuando era pequeña no me fijaba en estas cosas.
            De repente, algo cruza mi campo de visión. Algo pequeño, amarillo y con alas. Algo que hace miel y que odio con todo mi ser. Y, entonces, aparece otra. “Vámonos al coche” le digo a mi amiga. “Si no les haces nada, ellas no te hacen nada” responde ella, y se lleva una patata a la boca. Miró a mis pies, entre los hierbajos y la basura que la gente no recoge, y ahora distingo tres abejas... ¡y una de ellas se dirige hacia mi hamburguesa! Cojo todo lo que puedo y me encamino hacia el coche, dando la espalda al paisaje y enfrentando las antenas de la cima, y me meto en el coche sin decir una palabra. Me siento y sigo comiendo mientras mi amiga me mira desde el banco, a la izquierda del salpicadero, semioculta tras otro coche y una Yamaha un poco vieja, a punto de echarse a reír. Me dice algo, pero ni puedo oírla ni puedo leerle los labios. Así que, como respuesta, le doy un trago a mi Icetea.
            Entonces ella desvía la mirada y yo la sigo, esta vez a la derecha, y miro por la ventanilla derecha. Hay un sendero de piedra que se introduce en la maleza, y por ahí vienen dos personas, un chico y una chica: él sin camiseta, ella en sujetador. Me olvido de masticar, pero desvío la mirada y la clavo en la guantera del coche mientras me repito a mí misma: “No te rías que te atragantas, no te rías que te atragantas”. Enseguida escucho la puerta que se abre, pero mi encuadre sigue siendo el mismo. Se cierra la puerta y escucho risas y la voz de mi amiga: “qué fuerte”. Sin apartar la mirada de la guantera, pregunto si se han ido y me dice que sí. Entonces vuelvo a mirar al frente, por encima del salpicadero, y compruebo que la parejita nos ha robado el banco de piedra, pero por mí como si les pican las abejas.
            Poco a poco va anocheciendo y se empiezan a encender las farolas. Ahí arriba no hay luz, pero a los pies del monte parece como si la ciudad estuviera infestada de pequeñas luciérnagas naranjas. Cada vez hay más y más, y pronto me empieza a dar por saco la pareja que se hace carantoñas en el banco. Me bajo del coche y aprovechando que tengo mi cámara le digo a Pamu de sacar unas fotos. Primero el paisaje, luego a ella, luego a mí y luego con piloto automático. Ya le estaba cogiendo el gustillo a esto de mirar por el objetivo.

            Cuando ya se hace completamente de noche y no se ve un pijo, decidimos volver a casa. Bajamos la carretera y las curvas cerradas dan aún más miedo que en la subida, iluminadas por las luces amarillas del Mercedes. Pamu tiene que pasar por el Eroski, así que, tras pasar el Decathlon y el Auto King, entramos en el parking cuyo aspecto es parecido al de Fcom esta mañana. Enfilamos hacia el aparcamiento subterráneo que, como siempre, está más lleno, por esa rampita tan guay de color crema con cuadraditos chiquitines.
            No hay mucha gente en el hipermercado, y tampoco me fijo demasiado en ella porque estoy más preocupada en recordar en qué pasillo están los zumos de Pascual. ¡Ya que estoy aquí, tengo que aprovechar! Por fin encuentro el pasillo. Está taponado por una máquina gris llenas de palés y un señor anda colocando cajas de leche en las baldas, pero consigo hacerme un hueco para pasar. ¿Y para qué? Para comprobar que no quedan zumos.
            Son las 21:07 cuando regreso a casa y subo las escaleras de madera de vuelta a mi habitación con el vaso gigante de McDonals lleno de Icetea en la mano. No tengo hambre y, sinceramente, me muero de sueño. Debería estudiar, debería repasar, debería hacer tantas cosas de provecho... Pero me duele la garganta y la cabeza. Creo que me he resfriado. Así que únicamente me dejo caer sobre mi edredón que, por si alguien lo dudaba, también es gris.











Nora.

Monday, October 1, 2012

Versus

Mercado de Santo Domingo, Pamplona (España)
VERSUS
Mercado República Tianguis, San Luis Potosí (México)

Nada más entrar al Mercado de Santo Domingo, me viene una cosa a la cabeza: está frío. Y no me refiero a que yo tenga la nariz congelada, sino a que está vacío, distante, casi cerrado. Y entonces, inevitablemente, me acuerdo de la última vez que estuve en un mercado, hace año y medio, a más de once mil kilómetros de Pamplona, al otro lado del charco, y de la cantidad de diferencias entre uno y otro.

Ausencia VS Abundancia





Variedad VS Tradición





Moderno VS Rudimentario





Cosas curiosas VS Cosas nuevas





Espacio VS Multifuncionalidad





Crisis VS Sustento




Sunday, September 23, 2012

Como cosas calladas de mi alma


Pablo Neruda


Me gusta cuando callas porque estás como ausente
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca,
parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.



Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía,
mariposa de sueño, te pareces a mi alma
y te pareces a la palabra melancolía.



Me gusta cuando callas y estás como distante,
y estás como quejándote, mariposa en arrullo,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con un silencio tuyo.



Déjame que te hable también con tu silencio,
claro como una lámpara, simple como un anillo,
eres como la noche, callada y constelada,
tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.



Me gusta cuando callas porque estás como ausente,
distante y dolorosa, como si hubieras muerto,
una palabra entonces, una sonrisa bastan,
y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.