Monday, October 8, 2012

Va de grises


Mil fotos

Va de grises


            Sábado, 6 de octubre 2012

Suena el despertador, pero ni abro los ojos. No sé dónde está la cámara y me da igual porque lo que mis dedos buscan es el móvil. Está en la mesilla, junto a la caja de música. Creo que al tantear he tirado sin querer las pulseras que descansan sobre ella, pero, al menos, ya ha dejado de sonar el Gangnam Style que me despierta desde ayer.
Al cabo de un rato que se me hace cortísimo, vuelvo a escuchar a PSY. Y vuelvo a tantear pero en esta ocasión no me duermo, solo me quedo traspuesta. Eso sí, sigo sin abrir los ojos.
            Cuando ya considero que debería haber sonado la tercera alarma, abro un ojo y miró la hora del despertador que me deslumbra con su luz verde. Las 09:59. ¡De lujo! ¡Me he quedado dormida y hoy tenía prácticas de guión a las 10.00!
            Me levanto a todo correr con una visión que no es ni nítida y enfocada, y creo que todo lo que pasa por delante de mi objetivo es una persiana borrosa y varias fotos pegadas en la puerta de mi armario. En la silla naranja reposa la ropa de ayer y no me lo pienso dos veces antes de cogerla y vestirme a toda prisa porque, señoras y señores, ya debería estar en clase. El portátil y la carpeta reposan delante de mí mientras me ato los vaqueros, pero ni me molesto en cogerlos. ¡No hay tiempo!
            Me topo con mi puerta. Cada día parece menos una puerta y más un puesto de mercadillo. Llena de etiquetas, posters y fotos, todo ello tapado con fulares, pañuelos y bolsos que cuelgan del perchero que a su vez cuelga de la parte de arriba. Por eso la puerta pesa tanto cuando la abro. Me abalanzo escaleras abajo y pronto atisbo la puerta entrabierta del aseo que encierra toda la luminosidad del día. Entro y me contemplo a mí misma. ¡Madre mía, qué pena doy! Parte del maquillaje de ayer, ojeras y unos pelos de loca impresionantes. Como nunca me han gustado mis pestañas rubias, únicamente me doy un poco de rímel para no parecer un fantasma y, rogando que mis compañeros no se den cuenta de que mi cara parece el pelaje de un dálmata, salgo pitando hacia el garaje.
            Desde luego, menuda estancia más fea. Suelo gris, paredes grises, techo gris, estanterías grises... Es lo poco en lo que puedo fijarme mientras la puerta sube y me dirijo a mi pequeño huevo-móvil blanco.
            Y en ese momento comienza la carrera de Fórmula 1. Como los recreativos de coches, únicamente veo la carretera de Cizur y mis manos sobre el volante (gris también, manda narices). Línea continua casi todo el rato, pero gracias a Dios que no hay nadie en la carretera. La farmacia, la rotonda odiosa, la cuesta, el desvío a la Ikastola San Fermín, Santa Clara a la derecha, las vías del tren, el estudio ese raro de arquitectura, Todojardín, Donapea, la segunda rotonda odiosa, el puente; y ya enfilamos la carretera de la universidad con sus simpáticos árboles a ambos lados que sí, son muy bonitos y todo lo que quieras, pero si le preguntaras a mis copilotos te dirían que son armas mortales que pueden rebanarte los espejos retrovisores y contra los que puedes estamparte en cualquier momento.
            Ya subimos por la cuesta de la calle Esquíroz y giramos a la izquierda para entrar en el parking. Una curiosa perspectiva: volante en primer plano, la barrera roja y blanca, la pequeña cuesta, el antiguo edificio de derecho en, digamos, cuarto plano y, al fondo, el Perdón. Se levanta la barrera dejándome sin segundo plano y avanzó hasta aparcar en el primer sitio que veo libre. Echo el freno de mano, quito la llave del contacto, salgo del coche, lo cierro y echó a correr hacia el edificio de Fcom que, ¡sorpresa!, también es gris.
            Y toda la mañana va de grises, así, porque sí, porque el vestíbulo, las escaleras, las paredes, las mesas y las sillas de las aulas de desarrollo y mi chaqueta son grises.

            Después de tres horas devanándonos los sesos sobre el género de nuestra serie, regreso entre esa marea de gris de nuevo hasta mi coche. El parking hubiera sido un encuadre más bonito si hubiera habido más coches que le dotaran de vida y color. Pero como es sábado y la gente, en sábado, no viene a clase, no hay más que líneas blancas sobre el asfalto negro, unas cuantas erres, cinco o seis coches desperdigados y mi huevo-móvil.
            De nuevo otra vez todo el camino de vuelta a casa, pero esta vez sin prisas. Bueno, también con prisas, por algo soy fan de la Formula 1 y me llaman Schumacher. Venga, no, tampoco voy tan rápido.
            Subo de nuevo a mi cuarto, esperando encontrarlo iluminado y con el balcón abierto, pero está en penumbra y hecho un auténtico desastre. ¿Estaba así cuando me he marchado hace tres horas? Entonces recuerdo que mis padres se han ido para todo el día y que las cosas no se hacen solas. Así que sorteo toda la mierda que hay sobre la alfombra (por cierto, adivinad de qué color es la alfombra) hacia la ventana que está al fondo de mi cuarto, subo la persiana y abro el balcón. La luz y el aire sanean mi sancta sanctorum y yo me pierdo un instante en la vista desde mi balcón. Frente a mí, un edificio verde moco horrible medio escondido entre árboles, algunos aún con hojas y otros ya sin ellas. Delante, la famosa “fuente de los cococrilos”, que no tiene ni forma de fuente ni de cocodrilo. Básicamente en una pirámide alargada de piedra... ¡de color gris! No me voy a enrollar explicando por qué la llamamos “la fuente de los cocodrilos”, el caso es que está ahí. Y luego viene la carretera principal, la misma que recorro todos los días para ir a Pamplona, flanqueada por una barandilla negra a ambos lados. Y, por último, el parque infestado de niños que gritan, corretean, se columpian, se deslizan por los toboganes, padres que los contemplan o hablan con otros padres, rodeados de silletas. Y un gracioso dueño de un Volkswagen blanco acaba de aparcar delante de la puerta del garaje. ¡Dios mío, cómo me hierve la sangre cuando hacen eso!
           
            Dejo la cámara mientras hago la comida y me la como, y tampoco es muy interesante decir que durante cuatro horas lo único que mi objetivo encuadraba era la pantalla del portátil y las fotocopias de historia de las ideologías, así que hagamos una elipsis hasta el momento en el que me encuentro de copiloto en el Mercedes automático de mi amiga Pamu (también de color gris) subiendo la sinuosa y horrible carretera del San Cristóbal, entre baches y árboles, esquivando ciclistas suicidas, con una bolsa del McDonals sobre mis rodillas.
            Por fin llegamos a la cima. No hace demasiado frío, pero he de ponerme mi chaqueta gris. El cielo está nublado, pero la luz no es mala. Nos sentamos en el pequeño banco de piedra y contemplamos el paisaje mientras nos zampamos unas hamburguesas como un par de gordas. Desde ahí arriba se ve todo, desde la cárcel, cosa que le encanta a Pamu, hasta Santa Clara, pero, aunque el día es del mismo color que mi facultad, parece como si un velo marrón lo tiñese todo, como una neblina de arena. Es bonito ver todos los edificios desde esta distancia, con sus juegos de líneas, y curioso también. Hacía mucho que no subía al San Crisóbal, igual diez años, y, todo sea dicho, cuando era pequeña no me fijaba en estas cosas.
            De repente, algo cruza mi campo de visión. Algo pequeño, amarillo y con alas. Algo que hace miel y que odio con todo mi ser. Y, entonces, aparece otra. “Vámonos al coche” le digo a mi amiga. “Si no les haces nada, ellas no te hacen nada” responde ella, y se lleva una patata a la boca. Miró a mis pies, entre los hierbajos y la basura que la gente no recoge, y ahora distingo tres abejas... ¡y una de ellas se dirige hacia mi hamburguesa! Cojo todo lo que puedo y me encamino hacia el coche, dando la espalda al paisaje y enfrentando las antenas de la cima, y me meto en el coche sin decir una palabra. Me siento y sigo comiendo mientras mi amiga me mira desde el banco, a la izquierda del salpicadero, semioculta tras otro coche y una Yamaha un poco vieja, a punto de echarse a reír. Me dice algo, pero ni puedo oírla ni puedo leerle los labios. Así que, como respuesta, le doy un trago a mi Icetea.
            Entonces ella desvía la mirada y yo la sigo, esta vez a la derecha, y miro por la ventanilla derecha. Hay un sendero de piedra que se introduce en la maleza, y por ahí vienen dos personas, un chico y una chica: él sin camiseta, ella en sujetador. Me olvido de masticar, pero desvío la mirada y la clavo en la guantera del coche mientras me repito a mí misma: “No te rías que te atragantas, no te rías que te atragantas”. Enseguida escucho la puerta que se abre, pero mi encuadre sigue siendo el mismo. Se cierra la puerta y escucho risas y la voz de mi amiga: “qué fuerte”. Sin apartar la mirada de la guantera, pregunto si se han ido y me dice que sí. Entonces vuelvo a mirar al frente, por encima del salpicadero, y compruebo que la parejita nos ha robado el banco de piedra, pero por mí como si les pican las abejas.
            Poco a poco va anocheciendo y se empiezan a encender las farolas. Ahí arriba no hay luz, pero a los pies del monte parece como si la ciudad estuviera infestada de pequeñas luciérnagas naranjas. Cada vez hay más y más, y pronto me empieza a dar por saco la pareja que se hace carantoñas en el banco. Me bajo del coche y aprovechando que tengo mi cámara le digo a Pamu de sacar unas fotos. Primero el paisaje, luego a ella, luego a mí y luego con piloto automático. Ya le estaba cogiendo el gustillo a esto de mirar por el objetivo.

            Cuando ya se hace completamente de noche y no se ve un pijo, decidimos volver a casa. Bajamos la carretera y las curvas cerradas dan aún más miedo que en la subida, iluminadas por las luces amarillas del Mercedes. Pamu tiene que pasar por el Eroski, así que, tras pasar el Decathlon y el Auto King, entramos en el parking cuyo aspecto es parecido al de Fcom esta mañana. Enfilamos hacia el aparcamiento subterráneo que, como siempre, está más lleno, por esa rampita tan guay de color crema con cuadraditos chiquitines.
            No hay mucha gente en el hipermercado, y tampoco me fijo demasiado en ella porque estoy más preocupada en recordar en qué pasillo están los zumos de Pascual. ¡Ya que estoy aquí, tengo que aprovechar! Por fin encuentro el pasillo. Está taponado por una máquina gris llenas de palés y un señor anda colocando cajas de leche en las baldas, pero consigo hacerme un hueco para pasar. ¿Y para qué? Para comprobar que no quedan zumos.
            Son las 21:07 cuando regreso a casa y subo las escaleras de madera de vuelta a mi habitación con el vaso gigante de McDonals lleno de Icetea en la mano. No tengo hambre y, sinceramente, me muero de sueño. Debería estudiar, debería repasar, debería hacer tantas cosas de provecho... Pero me duele la garganta y la cabeza. Creo que me he resfriado. Así que únicamente me dejo caer sobre mi edredón que, por si alguien lo dudaba, también es gris.











Nora.

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