Mil fotos
Va de grises
Sábado, 6 de octubre 2012
Suena el despertador, pero ni
abro los ojos. No sé dónde está la cámara y me da igual porque lo que mis dedos
buscan es el móvil. Está en la mesilla, junto a la caja de música. Creo que al
tantear he tirado sin querer las pulseras que descansan sobre ella, pero, al
menos, ya ha dejado de sonar el Gangnam Style que me despierta desde
ayer.
Al cabo de un rato que se me hace cortísimo, vuelvo a
escuchar a PSY. Y vuelvo a tantear pero en esta ocasión no me duermo, solo me
quedo traspuesta. Eso sí, sigo sin abrir los ojos.
Cuando ya
considero que debería haber sonado la tercera alarma, abro un ojo y miró la
hora del despertador que me deslumbra con su luz verde. Las 09:59. ¡De lujo!
¡Me he quedado dormida y hoy tenía prácticas de guión a las 10.00!
Me levanto
a todo correr con una visión que no es ni nítida y enfocada, y creo que todo lo
que pasa por delante de mi objetivo es una persiana borrosa y varias fotos
pegadas en la puerta de mi armario. En la silla naranja reposa la ropa de ayer
y no me lo pienso dos veces antes de cogerla y vestirme a toda prisa porque,
señoras y señores, ya debería estar en clase. El portátil y la carpeta reposan
delante de mí mientras me ato los vaqueros, pero ni me molesto en cogerlos. ¡No
hay tiempo!
Me topo con
mi puerta. Cada día parece menos una puerta y más un puesto de mercadillo.
Llena de etiquetas, posters y fotos, todo ello tapado con fulares, pañuelos y
bolsos que cuelgan del perchero que a su vez cuelga de la parte de arriba. Por
eso la puerta pesa tanto cuando la abro. Me abalanzo escaleras abajo y pronto
atisbo la puerta entrabierta del aseo que encierra toda la luminosidad del día.
Entro y me contemplo a mí misma. ¡Madre mía, qué pena doy! Parte del maquillaje
de ayer, ojeras y unos pelos de loca impresionantes. Como nunca me han gustado
mis pestañas rubias, únicamente me doy un poco de rímel para no parecer un
fantasma y, rogando que mis compañeros no se den cuenta de que mi cara parece
el pelaje de un dálmata, salgo pitando hacia el garaje.
Desde
luego, menuda estancia más fea. Suelo gris, paredes grises, techo gris,
estanterías grises... Es lo poco en lo que puedo fijarme mientras la puerta
sube y me dirijo a mi pequeño huevo-móvil blanco.
Y en ese
momento comienza la carrera de Fórmula 1. Como los recreativos de coches,
únicamente veo la carretera de Cizur y mis manos sobre el volante (gris
también, manda narices). Línea continua casi todo el rato, pero gracias a Dios
que no hay nadie en la carretera. La farmacia, la rotonda odiosa, la cuesta, el
desvío a la Ikastola San Fermín, Santa Clara a la derecha, las vías del tren,
el estudio ese raro de arquitectura, Todojardín, Donapea, la segunda rotonda
odiosa, el puente; y ya enfilamos la carretera de la universidad con sus
simpáticos árboles a ambos lados que sí, son muy bonitos y todo lo que quieras,
pero si le preguntaras a mis copilotos te dirían que son armas mortales que
pueden rebanarte los espejos retrovisores y contra los que puedes estamparte en cualquier momento.
Ya subimos
por la cuesta de la calle Esquíroz y giramos a la izquierda para entrar en el
parking. Una curiosa perspectiva: volante en primer plano, la barrera roja y
blanca, la pequeña cuesta, el antiguo edificio de derecho en, digamos, cuarto
plano y, al fondo, el Perdón. Se levanta la barrera dejándome sin segundo plano
y avanzó hasta aparcar en el primer sitio que veo libre. Echo el freno de mano,
quito la llave del contacto, salgo del coche, lo cierro y echó a correr hacia
el edificio de Fcom que, ¡sorpresa!, también es gris.
Y toda la
mañana va de grises, así, porque sí, porque el vestíbulo, las escaleras, las
paredes, las mesas y las sillas de las aulas de desarrollo y mi chaqueta son
grises.
Después de
tres horas devanándonos los sesos sobre el género de nuestra serie, regreso
entre esa marea de gris de nuevo hasta mi coche. El parking hubiera sido un
encuadre más bonito si hubiera habido más coches que le dotaran de vida y
color. Pero como es sábado y la gente, en sábado, no viene a clase, no hay más
que líneas blancas sobre el asfalto negro, unas cuantas erres, cinco o seis
coches desperdigados y mi huevo-móvil.
De nuevo
otra vez todo el camino de vuelta a casa, pero esta vez sin prisas. Bueno,
también con prisas, por algo soy fan de la Formula 1 y me llaman Schumacher.
Venga, no, tampoco voy tan rápido.
Subo de
nuevo a mi cuarto, esperando encontrarlo iluminado y con el balcón abierto,
pero está en penumbra y hecho un auténtico desastre. ¿Estaba así cuando me he
marchado hace tres horas? Entonces recuerdo que mis padres se han ido para todo
el día y que las cosas no se hacen solas. Así que sorteo toda la mierda que hay
sobre la alfombra (por cierto, adivinad de qué color es la alfombra) hacia la
ventana que está al fondo de mi cuarto, subo la persiana y abro el balcón. La
luz y el aire sanean mi sancta sanctorum y yo me pierdo un instante en la vista
desde mi balcón. Frente a mí, un edificio verde moco horrible medio escondido
entre árboles, algunos aún con hojas y otros ya sin ellas. Delante, la famosa
“fuente de los cococrilos”, que no tiene ni forma de fuente ni de cocodrilo.
Básicamente en una pirámide alargada de piedra... ¡de color gris! No me voy a
enrollar explicando por qué la llamamos “la fuente de los cocodrilos”, el caso
es que está ahí. Y luego viene la carretera principal, la misma que recorro
todos los días para ir a Pamplona, flanqueada por una barandilla negra a ambos
lados. Y, por último, el parque infestado de niños que gritan, corretean, se
columpian, se deslizan por los toboganes, padres que los contemplan o hablan
con otros padres, rodeados de silletas. Y un gracioso dueño de un Volkswagen
blanco acaba de aparcar delante de la puerta del garaje. ¡Dios mío, cómo me
hierve la sangre cuando hacen eso!
Dejo la
cámara mientras hago la comida y me la como, y tampoco es muy interesante decir
que durante cuatro horas lo único que mi objetivo encuadraba era la pantalla
del portátil y las fotocopias de historia de las ideologías, así que hagamos
una elipsis hasta el momento en el que me encuentro de copiloto en el Mercedes
automático de mi amiga Pamu (también de color gris) subiendo la sinuosa y
horrible carretera del San Cristóbal, entre baches y árboles, esquivando
ciclistas suicidas, con una bolsa del McDonals sobre mis rodillas.
Por fin
llegamos a la cima. No hace demasiado frío, pero he de ponerme mi chaqueta
gris. El cielo está nublado, pero la luz no es mala. Nos sentamos en el pequeño
banco de piedra y contemplamos el paisaje mientras nos zampamos unas
hamburguesas como un par de gordas. Desde ahí arriba se ve todo, desde la
cárcel, cosa que le encanta a Pamu, hasta Santa Clara, pero, aunque el día es
del mismo color que mi facultad, parece como si un velo marrón lo tiñese todo,
como una neblina de arena. Es bonito ver todos los edificios desde esta distancia,
con sus juegos de líneas, y curioso también. Hacía mucho que no subía al San
Crisóbal, igual diez años, y, todo sea dicho, cuando era pequeña no me fijaba
en estas cosas.
De repente,
algo cruza mi campo de visión. Algo pequeño, amarillo y con alas. Algo que hace
miel y que odio con todo mi ser. Y, entonces, aparece otra. “Vámonos al coche”
le digo a mi amiga. “Si no les haces nada, ellas no te hacen nada” responde ella, y se lleva una patata a la boca. Miró a mis pies, entre los hierbajos y la
basura que la gente no recoge, y ahora distingo tres abejas... ¡y una de ellas
se dirige hacia mi hamburguesa! Cojo todo lo que puedo y me encamino hacia el
coche, dando la espalda al paisaje y enfrentando las antenas de la cima, y me
meto en el coche sin decir una palabra. Me siento y sigo comiendo mientras mi
amiga me mira desde el banco, a la izquierda del salpicadero, semioculta tras
otro coche y una Yamaha un poco vieja, a punto de echarse a reír. Me dice algo,
pero ni puedo oírla ni puedo leerle los labios. Así que, como respuesta, le doy
un trago a mi Icetea.
Entonces
ella desvía la mirada y yo la sigo, esta vez a la derecha, y miro por la
ventanilla derecha. Hay un sendero de piedra que se introduce en la maleza, y
por ahí vienen dos personas, un chico y una chica: él sin camiseta, ella en
sujetador. Me olvido de masticar, pero desvío la mirada y la clavo en la
guantera del coche mientras me repito a mí misma: “No te rías que te
atragantas, no te rías que te atragantas”. Enseguida escucho la puerta que se
abre, pero mi encuadre sigue siendo el mismo. Se cierra la puerta y escucho
risas y la voz de mi amiga: “qué fuerte”. Sin apartar la mirada de la guantera,
pregunto si se han ido y me dice que sí. Entonces vuelvo a mirar al frente, por
encima del salpicadero, y compruebo que la parejita nos ha robado el banco de
piedra, pero por mí como si les pican las abejas.
Poco a poco
va anocheciendo y se empiezan a encender las farolas. Ahí arriba no hay luz,
pero a los pies del monte parece como si la ciudad estuviera infestada de
pequeñas luciérnagas naranjas. Cada vez hay más y más, y pronto me empieza a
dar por saco la pareja que se hace carantoñas en el banco. Me bajo del coche y
aprovechando que tengo mi cámara le digo a Pamu de sacar unas fotos. Primero el
paisaje, luego a ella, luego a mí y luego con piloto automático. Ya le estaba
cogiendo el gustillo a esto de mirar por el objetivo.
Cuando ya
se hace completamente de noche y no se ve un pijo, decidimos volver a casa.
Bajamos la carretera y las curvas cerradas dan aún más miedo que en la subida,
iluminadas por las luces amarillas del Mercedes. Pamu tiene que pasar por el
Eroski, así que, tras pasar el Decathlon y el Auto King, entramos en el parking
cuyo aspecto es parecido al de Fcom esta mañana. Enfilamos hacia el
aparcamiento subterráneo que, como siempre, está más lleno, por esa rampita tan
guay de color crema con cuadraditos chiquitines.
No hay
mucha gente en el hipermercado, y tampoco me fijo demasiado en ella porque
estoy más preocupada en recordar en qué pasillo están los zumos de Pascual. ¡Ya
que estoy aquí, tengo que aprovechar! Por fin encuentro el pasillo. Está
taponado por una máquina gris llenas de palés y un señor anda colocando cajas
de leche en las baldas, pero consigo hacerme un hueco para pasar. ¿Y para qué?
Para comprobar que no quedan zumos.
Son las 21:07 cuando
regreso a casa y subo las escaleras de madera de vuelta a mi habitación con el vaso gigante de McDonals lleno de Icetea en la mano. No
tengo hambre y, sinceramente, me muero de sueño. Debería estudiar, debería
repasar, debería hacer tantas cosas de provecho... Pero me duele la garganta y
la cabeza. Creo que me he resfriado. Así que únicamente me dejo caer sobre mi
edredón que, por si alguien lo dudaba, también es gris.
Nora.
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