Monday, September 17, 2012

Realidad cotidiana

 





Suena el despertador.
¡Qué pereza!
Remolonea un poco más, son las ocho menos veinte, aún tienes tiempo. Cierras los ojos otra vez. Para cuando te quieres dar cuenta, esos dos minutos se han convertido en veinte. Entonces te levantas y subes la persiana, y te enfrentas al primer mareo del día. Vas al baño a lavarte la cara y quitarte esas pintas de zombie, aunque tus párpados te pesan como cien losas de piedra. Te vistes. Vaqueros, camiseta, sudadera y converse. Vas con prisa, ¡qué más da! Te peinas esos pelos de loca... ¡O no!


Guardas el portatil en la funda. ¿Estará cargada la batería? Cómo sea, ya no me da tiempo a cargarla. Bajas las escaleras y casi te la das porque tus piernas parecen dos flanes.
Entras en la cocina. Luz gris y el canario aún está dormido. ¡Qué envidia! Míralo ahí, hecho una bolita. ¿Cuándo sabe un canario si es pronto o si es tarde?
En fin, abres la nevera No tienes hambre, pero tienes que desayunar. Leche, colacao y galletas. Miras el reloj. Son y media. No, no me da tiempo ni de coña. ¡A tomar por saco! Me tomaré un café en la uni.


 Ahora al aseo. Sombra aquí, sombra allá. ¡Quitaojeras! ¡Como te quiero! Un poco de raya del ojo, o un poco de ojo en la raya. Nada de rímel, que llego tarde. Coges las llaves y sales pitando de casa cuando ves pasar el autobús por la ventana. Corres como una loca hasta la parada levantando el brazo para que el conductor te vea y se parta el culo viéndote correr con la carpeta del portatil botando contra tu cuerpo. Entras al autobús jadeando y pasas el bonobús. Está gastado. ¡Estupendo!


Es tu rutina.



 Y la de todo aquello que te observa sin que tú lo sepas.





Nora H.



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